Soy Ingeniero Comercial, apasionado por la música, músico amateur, padre de dos hijos maravillosos.
martes, 27 de junio de 2017
Virtual Haircut
Hoy no voy a escribir de ningún tema en particular. Sólo me voy a limitar a compartir con ustedes una experiencia extraordinaria.
Se trata de la barbería virtual. Es un ejercicio auditivo que nos muestra las maravillas que puede hacer nuestro cerebro con la interpretación de estímulos; en este caso el sonido.
Para poder hacer este ejercicio, es imprescindible usar audífonos. Y lamentablemente, entender inglés, aunque no es del todo excluyente.
Ojalá no haya ruido circundante; cierren los ojos, suban el volumen y simplemente disfruten de este extraordinario trabajo auditivo (ilusión).
lunes, 19 de junio de 2017
Tercer día
(esto es también un
ejercicio para mi)
Después de bastante tiempo, me animo a compartir lo que viene a continuación. Y es que dentro de todo, es bien personal. Pero bien, acá va.
Después de veintitantos años, decidí hacer una de las modificaciones más trascendentales en mi vida. Y lo trascendental aparece una vez tomada la decisión, sin siquiera tal vez hacerlo. Es trascendental desde que se quiebra un esquema que el cuerpo, y peor, el cerebro, han estado acostumbrados a hacer por lo menos la mitad de mi vida. Sí, he decidido dejar de fumar.
La decisión no es fácil siquiera de tomar, cuando estás absolutamente acostumbrado a fumar; cuando cruza la delgada línea entre el placer, vicio y adicción. Desde que era chico estoy acostumbrado al olor; a ver gente fumando a mi alrededor y, creo que como la gran mayoría de la gente que pasó algo similar, terminé de convertirme en un fumador. Un gran fumador… si, era mucho.
Cuesta desapegarse, porque el cigarro pasa a ser un complemento de actividades rutinarias de uno (incluso, hasta una rutina más). Al caminar, un cigarro; al manejar, otro, con un café, con un trago, cuando sales de una reunión, etc. etc. etc. Podría enumerar muchísimas ocasiones ideales para fumarse un cigarro… cuando eres un fumador como yo, era.
Ya pasados mis 40, me empecé a preocupar por mi salud, y claramente el pucho no me ayuda. Y pensé en el ejemplo a mis hijos (y no porque vea el cigarro como una lacra social; jamás me convertiría en “ese” tipo de ex fumador o detractor, sino porque hace mal; punto).
Saqué cuentas también de cuánto gastaba mensual en cigarros. Que a mucha gente le molesta; que en casi ninguna parte ahora se puede fumar. Pero si sólo me hubiera quedado con esto, tal vez no estaría redactando esto ahora.
Pensé también en las cosas positivas. Primero, invertir las dos que menciono arriba: que mis niños conmigo estén en un “ambiente sano”, y la plata que iba a ahorrar. Además, pensé en un mejor despertar por la mañana, el no tener que salir a congelarme en invierno, a fumar un cigarro estando en un lugar público (y no obligar a mis amigos a buscar mesa afuera cuando hace frío); el volver a sentir olores y sabores como en la infancia (relación entradas anteriores), y muchas otras cosas, que no viene al caso detallar acá.
Y hace seis días, bajé la cantidad de cigarros a la mitad. Y, o bien estoy muy sugestionado, o es real; desde entonces siento más olores y estoy disfrutando mucho más los sabores… de todo.
El sábado 17 de junio, era del denominado “día D”. Lo esperaba con algo de preocupación y con una cuota de temor tal vez. Pero estaba decidido. Creo que el más difícil es el día D. Y ya fue; estoy al borde de cumplir ahora mi cuarto día sin fumar una sola piteada. Y como estoy convencido, no me han dado ganas. Y estoy trabajando para erradicar el hábito, que también es otro tema no menor. Pero voy bien, estoy contento por no fumar, porque me dura la plata, no tengo los dedos amarillos, no tengo olor a pucho y todas las otras cosas que están por venir. Me quiero acostumbrar rápido a ser un no fumador; me gusta.
No me voy a transformar en un odioso del cigarro ni su olor, pero a mi casi cuarto día sin hacerlo, lo recomiendo.
lunes, 12 de junio de 2017
Extraño hallazgo
Hoy voy a escribir de esas cosas que no le importan a nadie, pero tiene una segunda mirada que puede resultar súper interesante. Y tiene que ver con los recuerdos.
En una de mis primeras entradas de este blog, hablo de mis recuerdos de la infancia… que son más bien escasos. A los recuerdos que me refiero en realidad son sensaciones, emociones. Decía que por ahí me quedaba algún sabor, aroma.
Lo que les voy a contar ahora tiene tintes hasta de ridículo, pero para mí ha resultado interesante. Resulta que estaba yo lavando loza en mi casa, con la típica esponja verde con una virutilla por el revés. Con agüita caliente, harta espuma del lavalozas, y mis manos sin guantes.
Por algún motivo, en un minuto me pasé a llevar la palma de la mano con la esponja.

(Ahora, el momento clave de la historia).
Mi mente se trasladó a la infancia. Me vi metido dentro de la tina con agua caliente, y más agua caliente saliendo por la llave. Recuerdo que tenía una esponja grande. Metía la esponja debajo del chorro de agua, la estrujaba y así varias veces. Luego la chupeteaba; me encantaba tomarme el agua de la esponja.
Yo estaba lavando loza, recuerden. Así que me volví a pasar la esponja por la mano, y aunque no lo crean, me dio una sensación placentera; como de paz, estar protegido, abrigado, seguro... no sé.
Y hace unos días mi sonrisa es más grande. Me compré una gran esponja para la ducha. Un ancla tal vez a lo anterior. No está mal.
En una de mis primeras entradas de este blog, hablo de mis recuerdos de la infancia… que son más bien escasos. A los recuerdos que me refiero en realidad son sensaciones, emociones. Decía que por ahí me quedaba algún sabor, aroma.
Lo que les voy a contar ahora tiene tintes hasta de ridículo, pero para mí ha resultado interesante. Resulta que estaba yo lavando loza en mi casa, con la típica esponja verde con una virutilla por el revés. Con agüita caliente, harta espuma del lavalozas, y mis manos sin guantes.
Por algún motivo, en un minuto me pasé a llevar la palma de la mano con la esponja.
(Ahora, el momento clave de la historia).
Mi mente se trasladó a la infancia. Me vi metido dentro de la tina con agua caliente, y más agua caliente saliendo por la llave. Recuerdo que tenía una esponja grande. Metía la esponja debajo del chorro de agua, la estrujaba y así varias veces. Luego la chupeteaba; me encantaba tomarme el agua de la esponja.
Yo estaba lavando loza, recuerden. Así que me volví a pasar la esponja por la mano, y aunque no lo crean, me dio una sensación placentera; como de paz, estar protegido, abrigado, seguro... no sé.
Y hace unos días mi sonrisa es más grande. Me compré una gran esponja para la ducha. Un ancla tal vez a lo anterior. No está mal.
lunes, 29 de mayo de 2017
Cheating the Polygraph
El primer posteo que puse en este blog, fue una canción de Steven Wilson, como solista con su banda. Hay que decir que este blog fue concebido como un espacio musical, pero con el pasar de las semanas, ha ido tomando otros tintes, personales, anecdóticos, “literarios” como llamarían algunos, etc.
Y hace unos días retomé escuchar a Porcupine Tree, rock progresivo de cuna inglesa, de culto. Y no es casual la alusión; Steven Wilson lideraba dicho grupo.
Desafortunadamente, Porcupine Tree hoy está en estado “disuelto”. No hay noticias de una reunión y en lo personal, desconozco por qué no siguen tocando; what a pitty!
Creo que una experiencia musical sin igual, sería ver a estos tipos tocando en vivo (ni rozaron Sudamérica, pero la esperanza es lo último que se pierde).
El nivel de cada uno de los músicos de la banda es simplemente extraordinario. Para qué hablar de Gavin Harrison, el batero. Una precisión, meticulosidad, pureza, certeza en cada beat, seguir y crear ambientes… además de parecer pulpo con su velocidad... uno de mis bateristas favoritos.
Un tremendo registro que me viene siguiendo hace días es Cheating the Polygraph (Fear of a Blank Planet – 2007). Engañando el polígrafo (o detector de mentiras).
Imaginen la situación que dice el título, escuchen el ambiente que crean con la música y sobre el escenario, los que puedan, la letra, y vean. Simplemente, enormes.
domingo, 28 de mayo de 2017
Cocina
Hoy voy a hablar de otra de las cosas que me gustan harto, cocinar. Sí, me encanta y lo hago bastante bien (no lo decimos nosotros, lo dice la gente).
Digamos que no soy un instruido, refinado, sofisticado ni elegante chef. Pero a todo lo que preparo, le pongo el ingrediente más importante de un plato, el cariño. Claro, si uno no cocina con dedicación, cariño, cuidado y energía, la comida puede resultar un mix de ingredientes insípido y sin gracia. Lo que llamo el cariño al cocinar, es determinante para el resultado de cualquiera que entre en la cocina.
Aprendí a hacer algunas cosas de chico. Creo que lo primero que aprendí a hacer fue tallarines. Y es lo que más he preparado en mi vida. No necesito registro estadístico para saberlo.
En el colegio, también nos enseñaron a cocinar. Una de las cosas de las que me acuerdo que nos enseñaron fue pizza, incluyendo la masa por supuesto. No me acuerdo de la receta ni la tengo, lamentablemente. (Si alguien de la generación 93’ del Grange la tiene, se lo agradeceré enormemente). También aprendimos a hacer galletas, queques, y no me acuerdo qué más. Tenía un cuaderno con recetas de cocina del colegio, que me encantaría recuperar, pues me acuerdo que todo me quedaba rico.
Durante la enseñanza media y universitaria, fueron pocas las veces que cociné. En realidad, no sabía hacer nada (de memoria) más que tallarines. Nunca olvidaré mi primera incursión con el arroz. Estábamos con un grupo de amigos en Algarrobo; debo haber tenido unos 17 años. Nos ofrecimos para cocinar (o nos turnábamos, no me acuerdo), pero yo dije que haría arroz. Nunca había preparado, pero por lo general todo lo que cocinaba incluso entonces, me quedaba bueno. Y leyendo la receta, no tendría por qué ser difícil. Como éramos varios, calculé que un kilo de arroz sería suficiente (un kilo!!!). Así que, apegado a las instrucciones, puse el arroz sobre aceite y luego, después de los cálculos de agua por tasa de arroz (me di la lata de contar una por una las tasas saliendo de la bolsa de kilo), les puse veinte y siete ( 27, veintisiete) tasas de agua! Obviamente, no llevaba ni la mitad de agua añadida cuando tuve que trasvasijar la comida a otra olla. Era enorme, parecía una marmita. Cuando ya había logrado echar toda el agua requerida, le agregué arvejitas, para que quedara más gourmet aún. Después que se nos acabó la paciencia, y el hambre nos dominaba, decidimos colarlos, en estos coladores metálicos que antiguamente se usaban... la cuestión parecía casco, con unas bolitas verdes y unas semi perforaciones repartidas homogéneamente por toda su superficie. Estaban exquisitos, más aún si consideramos que no les puse sal… todo mal.
Volví a entrar a la cocina en serio cuando me independicé. Fue a los 24 años que me fui a mi primer departamento de soltero, en escuela militar. Era chiquitito, pero tenía una buena cocina. Y ahí, como vivía solo y nadie se exponía a los resultados, y por una cuestión de economía, empecé a mezclar lo que sabía, con lo que había visto o veía, escuchaba, aprendía o inventaba. Y fui haciendo “inventos”, algunos de ellos ya consagrados dentro de mi oferta gastronómica (como el aclamado pollo al limón).
Y cocinar me resulta muy entretenido. Con buena música, una copa de vino o una cervecita. Vas probando sabores, texturas, mezclas, agregando nuevos ingredientes, metiéndole cosas desconocidas, cambiando el orden de integración de los productos, glaseando, marinando…. Hay un sinnúmero de opciones de cocinar y poner tu estampa en un plato. Al igual que la música, dependerá de cuánto sentimiento le pongas, tu estado de ánimo y tu dedicación. Sabemos, la cocina es un arte.
Digamos que no soy un instruido, refinado, sofisticado ni elegante chef. Pero a todo lo que preparo, le pongo el ingrediente más importante de un plato, el cariño. Claro, si uno no cocina con dedicación, cariño, cuidado y energía, la comida puede resultar un mix de ingredientes insípido y sin gracia. Lo que llamo el cariño al cocinar, es determinante para el resultado de cualquiera que entre en la cocina.
Aprendí a hacer algunas cosas de chico. Creo que lo primero que aprendí a hacer fue tallarines. Y es lo que más he preparado en mi vida. No necesito registro estadístico para saberlo.
En el colegio, también nos enseñaron a cocinar. Una de las cosas de las que me acuerdo que nos enseñaron fue pizza, incluyendo la masa por supuesto. No me acuerdo de la receta ni la tengo, lamentablemente. (Si alguien de la generación 93’ del Grange la tiene, se lo agradeceré enormemente). También aprendimos a hacer galletas, queques, y no me acuerdo qué más. Tenía un cuaderno con recetas de cocina del colegio, que me encantaría recuperar, pues me acuerdo que todo me quedaba rico.
Durante la enseñanza media y universitaria, fueron pocas las veces que cociné. En realidad, no sabía hacer nada (de memoria) más que tallarines. Nunca olvidaré mi primera incursión con el arroz. Estábamos con un grupo de amigos en Algarrobo; debo haber tenido unos 17 años. Nos ofrecimos para cocinar (o nos turnábamos, no me acuerdo), pero yo dije que haría arroz. Nunca había preparado, pero por lo general todo lo que cocinaba incluso entonces, me quedaba bueno. Y leyendo la receta, no tendría por qué ser difícil. Como éramos varios, calculé que un kilo de arroz sería suficiente (un kilo!!!). Así que, apegado a las instrucciones, puse el arroz sobre aceite y luego, después de los cálculos de agua por tasa de arroz (me di la lata de contar una por una las tasas saliendo de la bolsa de kilo), les puse veinte y siete ( 27, veintisiete) tasas de agua! Obviamente, no llevaba ni la mitad de agua añadida cuando tuve que trasvasijar la comida a otra olla. Era enorme, parecía una marmita. Cuando ya había logrado echar toda el agua requerida, le agregué arvejitas, para que quedara más gourmet aún. Después que se nos acabó la paciencia, y el hambre nos dominaba, decidimos colarlos, en estos coladores metálicos que antiguamente se usaban... la cuestión parecía casco, con unas bolitas verdes y unas semi perforaciones repartidas homogéneamente por toda su superficie. Estaban exquisitos, más aún si consideramos que no les puse sal… todo mal.
Volví a entrar a la cocina en serio cuando me independicé. Fue a los 24 años que me fui a mi primer departamento de soltero, en escuela militar. Era chiquitito, pero tenía una buena cocina. Y ahí, como vivía solo y nadie se exponía a los resultados, y por una cuestión de economía, empecé a mezclar lo que sabía, con lo que había visto o veía, escuchaba, aprendía o inventaba. Y fui haciendo “inventos”, algunos de ellos ya consagrados dentro de mi oferta gastronómica (como el aclamado pollo al limón).
Y cocinar me resulta muy entretenido. Con buena música, una copa de vino o una cervecita. Vas probando sabores, texturas, mezclas, agregando nuevos ingredientes, metiéndole cosas desconocidas, cambiando el orden de integración de los productos, glaseando, marinando…. Hay un sinnúmero de opciones de cocinar y poner tu estampa en un plato. Al igual que la música, dependerá de cuánto sentimiento le pongas, tu estado de ánimo y tu dedicación. Sabemos, la cocina es un arte.
martes, 23 de mayo de 2017
París a propósito de Charles Aznavour
Hace unos días, me he estado despertando con alguna canción (específica) en la mente, al abrir los ojos, tal cual. No todos los días, pero los que me ha sucedido, he escuchado la canción en algún momento de la jornada. Y resulta que uno de esos días, me desperté con La Boheme, de Charles Aznavour.
Y se me vienen todos los recuerdos de mis años en Coface y mis viajes a París. He estado seis veces en París; cinco por trabajo, una por placer. Aunque bueno, digamos que las cinco veces que tuve que ir por trabajo, también fue un placer. Y es que París disputa con Ámsterdam, para mí, el lugar de mi ciudad preferida. Y es que París tiene ese encanto de la historia, la bohemia, un sinnúmero de lugares maravillosos, museos, teatros, lujo, glamour, luces, café.. lo que uno quiera!
Recuerdo la primera vez que fui. Una lucha, de puro “huaso”. Resulta que iba con harto equipaje, pues luego de la reunión a la que iba, me tomé unos días, un tren a Barcelona y una semana allá (otra historia muy entretenida). Bueno, luego de un largo viaje (con escala en Madrid y cambio de avión y aerolínea), llegué al aeropuerto de Orly, con una maleta grandota y una mochila, no menor (llevaba ternos, además de la ropa suficiente para dos semanas). Al salir del aeropuerto, recuerdo que vi muchos buses que decía “Air France - Les cars - Paris, Aéroports”. Y no, para no gastar plata demás (que ejemplar, para no gastarle de más a la empresa…. Será?), decidí tomar el metro, total entendía que en metro se podía llegar a cualquier parte en París (y creo que se puede). No sonaba mal el plan; siempre me ha gustado conocer los metros de las ciudades que he visitado, no sé por qué. Me encantaría un viaje en la cabina del conductor en el metro de Santiago, sobre todo los cambios en los terminales. Y claro, no contaba con que además de varias combinaciones (no me acuerdo cuántas en realidad), muchas de las estaciones están muchos metros bajo tierra; ergo, escaleras larguísimas, mucha gente, y el chileno entre urgido de estar en la ruta correcta, mirando el mapa (en esa época olvídate de el mapa del celular.. era carísimo), y agarrando las maletas.
Luego de un largo viaje, llegué a mi estación de destino, Charles de Gaulle Etoile. Y para llegar a mi hotel, hay que caminar como tres cuadras. Y en eso, veo los mismos buses del aeropuerto, en la esquina del hotel!!! Bueno, fue una aventura igual lo del metro. Más aún cuando al día siguiente miro el precio, y los buses no eran caros!!
Esa noche, luego de todo el viaje, la travesía por el desconocido metro de París, apenas salí a comer algo en el primer local que encontré, que no queda nada menos que en Champs Élysées. La última vez que estuve allá, fui varias veces al mismo lugar, solo y con más gente. La verdad es que está muy bueno, sobre todo la soup d’onion que preparan.
El día siguiente era domingo, si mal no recuerdo. Así que tomé mi mapa, mi botella con agua, cámara fotográfica, compré algunas cosas para comer, y me lancé a conocer, caminando. Fue una larga caminata (que es a mi parecer, la mejor forma de conocer una ciudad). Y nunca voy a olvidar que, llegando a Trocadero, estaban haciendo arreglos, y había instalados unos paneles de cholgúan (así como los que están puestos ahora en todas las futuras estaciones del metro de Santiago), y yo caminando por el costado; hasta que repentinamente se acaba en panel y ahí estaba ella; la Torre Eiffel. Nunca me voy a olvidar de la sensación. Se me puso la piel de gallina, fue una mezcla entre asombro y emoción. Era primera vez que veía algo realmente histórico (no había viajado más que a Argentina y Ecuador, en ese entonces). Fue entonces cuando me di cuenta del privilegio que tenía de estar allá. Fue entonces cuando me enamoré de viajar.
Después de haber ido cinco veces, la última, que fue la más larga, por dos semanas, seguía conociendo cosas nuevas. Y estoy seguro que me quedan muchas por conocer. París es una ciudad que no deja de sorprender a quien la visita, hay literalmente de todo, cosmopolita como pocas (no sé si más o menos que Nueva York, pero deben estar por ahí), siempre hay lugares maravillosos y muchísimas cosas para hacer. Si no han ido, es un destino imperdible. Y para que sea más atractivo aún, si tomas un tren, en menos de una hora y media, estás en Bruselas, otra bellísima ciudad.
Y se me vienen todos los recuerdos de mis años en Coface y mis viajes a París. He estado seis veces en París; cinco por trabajo, una por placer. Aunque bueno, digamos que las cinco veces que tuve que ir por trabajo, también fue un placer. Y es que París disputa con Ámsterdam, para mí, el lugar de mi ciudad preferida. Y es que París tiene ese encanto de la historia, la bohemia, un sinnúmero de lugares maravillosos, museos, teatros, lujo, glamour, luces, café.. lo que uno quiera!
Recuerdo la primera vez que fui. Una lucha, de puro “huaso”. Resulta que iba con harto equipaje, pues luego de la reunión a la que iba, me tomé unos días, un tren a Barcelona y una semana allá (otra historia muy entretenida). Bueno, luego de un largo viaje (con escala en Madrid y cambio de avión y aerolínea), llegué al aeropuerto de Orly, con una maleta grandota y una mochila, no menor (llevaba ternos, además de la ropa suficiente para dos semanas). Al salir del aeropuerto, recuerdo que vi muchos buses que decía “Air France - Les cars - Paris, Aéroports”. Y no, para no gastar plata demás (que ejemplar, para no gastarle de más a la empresa…. Será?), decidí tomar el metro, total entendía que en metro se podía llegar a cualquier parte en París (y creo que se puede). No sonaba mal el plan; siempre me ha gustado conocer los metros de las ciudades que he visitado, no sé por qué. Me encantaría un viaje en la cabina del conductor en el metro de Santiago, sobre todo los cambios en los terminales. Y claro, no contaba con que además de varias combinaciones (no me acuerdo cuántas en realidad), muchas de las estaciones están muchos metros bajo tierra; ergo, escaleras larguísimas, mucha gente, y el chileno entre urgido de estar en la ruta correcta, mirando el mapa (en esa época olvídate de el mapa del celular.. era carísimo), y agarrando las maletas.
Luego de un largo viaje, llegué a mi estación de destino, Charles de Gaulle Etoile. Y para llegar a mi hotel, hay que caminar como tres cuadras. Y en eso, veo los mismos buses del aeropuerto, en la esquina del hotel!!! Bueno, fue una aventura igual lo del metro. Más aún cuando al día siguiente miro el precio, y los buses no eran caros!!
Esa noche, luego de todo el viaje, la travesía por el desconocido metro de París, apenas salí a comer algo en el primer local que encontré, que no queda nada menos que en Champs Élysées. La última vez que estuve allá, fui varias veces al mismo lugar, solo y con más gente. La verdad es que está muy bueno, sobre todo la soup d’onion que preparan.
El día siguiente era domingo, si mal no recuerdo. Así que tomé mi mapa, mi botella con agua, cámara fotográfica, compré algunas cosas para comer, y me lancé a conocer, caminando. Fue una larga caminata (que es a mi parecer, la mejor forma de conocer una ciudad). Y nunca voy a olvidar que, llegando a Trocadero, estaban haciendo arreglos, y había instalados unos paneles de cholgúan (así como los que están puestos ahora en todas las futuras estaciones del metro de Santiago), y yo caminando por el costado; hasta que repentinamente se acaba en panel y ahí estaba ella; la Torre Eiffel. Nunca me voy a olvidar de la sensación. Se me puso la piel de gallina, fue una mezcla entre asombro y emoción. Era primera vez que veía algo realmente histórico (no había viajado más que a Argentina y Ecuador, en ese entonces). Fue entonces cuando me di cuenta del privilegio que tenía de estar allá. Fue entonces cuando me enamoré de viajar.
Después de haber ido cinco veces, la última, que fue la más larga, por dos semanas, seguía conociendo cosas nuevas. Y estoy seguro que me quedan muchas por conocer. París es una ciudad que no deja de sorprender a quien la visita, hay literalmente de todo, cosmopolita como pocas (no sé si más o menos que Nueva York, pero deben estar por ahí), siempre hay lugares maravillosos y muchísimas cosas para hacer. Si no han ido, es un destino imperdible. Y para que sea más atractivo aún, si tomas un tren, en menos de una hora y media, estás en Bruselas, otra bellísima ciudad.
lunes, 15 de mayo de 2017
Garage Band
Hace un par de semanas, después de haber dejado en bien malas condiciones el modelo anterior (increíblemente se me rompió la pantalla dos veces en un mes…), me hice de mi nuevo celular.
Bueno, esa noche brotó algo de creatividad, partiendo con la base del teclado. Fui rellenando, todavía sin conocer varias de las funciones que hoy sé usar (y seguro hay otras que no sé), armé algo así como un intento de…. Esto:
La Primera
Y se me ocurrió mostrárselo a algunos de los más cercanos. Y es gracias a que, inesperadamente, a una de esas personas la transportó a un lugar particular; esta canción tendrá que tener la palabra bosque en su título (bueno luego de poner atención a lo que me dijo, también me imaginé lo mismo).
Así que luego de buenos comentarios (supongo que todos sinceros), me entusiasmé y le he seguido agregando. No está listo, para nada, hay que arreglar varias cosas y hacerle cambios melódicos (claro, esto suena entretenido porque tiene varios instrumentos…), pero si te fijas, melódicamente es igual todo el rato. Pese a ello, me gusta. Así va quedando;
La Primera (en el bosque II)
Escucho comentarios
Rico el teléfono, desde que tuve el primero, nunca dejé de tener IPhone (este es el seis, nada del otro mundo a estas alturas). Y este ha sido mi favorito, desde que el segundo día encontré que trae una aplicación que se llama Garage Band, que es de Apple, y permite grabar usando tecnología MIDI (Musical Instrument Digital Interface). El primer día, viendo cómo funcionaba, estuve un ratito jugando y probando.
Te preguntarás cómo se puede hacer música con un teléfono?
Así:
Bueno, esa noche brotó algo de creatividad, partiendo con la base del teclado. Fui rellenando, todavía sin conocer varias de las funciones que hoy sé usar (y seguro hay otras que no sé), armé algo así como un intento de…. Esto:
La Primera
Y se me ocurrió mostrárselo a algunos de los más cercanos. Y es gracias a que, inesperadamente, a una de esas personas la transportó a un lugar particular; esta canción tendrá que tener la palabra bosque en su título (bueno luego de poner atención a lo que me dijo, también me imaginé lo mismo).
Así que luego de buenos comentarios (supongo que todos sinceros), me entusiasmé y le he seguido agregando. No está listo, para nada, hay que arreglar varias cosas y hacerle cambios melódicos (claro, esto suena entretenido porque tiene varios instrumentos…), pero si te fijas, melódicamente es igual todo el rato. Pese a ello, me gusta. Así va quedando;
La Primera (en el bosque II)
Escucho comentarios
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